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Iniciado el segundo mes de confinamiento, es tiempo de analizar el papel de la comunicación en una crisis que nos plantea de forma radical y precisa la necesidad de cuidar un aspecto crucial para la resolución de situaciones de emergencia. En las horas de tribulación, y esta lo es en un grado desconocido para nuestra generación, la comunicación es una herramienta crítica porque puede agravar la realidad, o puede contribuir a mejorarla.

La crisis del Covid comenzó en China y ha viciado el desarrollo de la pandemia desde el origen. Me refiero al control de la información. Desde el inicio de esta crisis, toda la información que hemos recibido estaba filtrada, y controlada en función del interés del gobierno chino. Tardaremos mucho tiempo en conocer la verdad de lo que ha ocurrido en el gigante asiático, aunque tenemos suficientes indicios como para asegurar que muertos y contagiados por COVID-19 multiplican las cifras oficiales. China nos ha contagiado, no solo el virus sino también algunas prácticas de su comunicación.

En el caso español la gestión de la comunicación en esta crisis  tiene muchos ángulos de análisis. Las crisis son, por lo general, imprevistas. Y esta también lo ha sido. No porque fuera imprevisible, sino porque a pesar de ver lo que ocurría en China y sobre todo en Italia, las autoridades no fueron capaces de prevenir sus efectos. La crisis nos sorprendió sin suministros y sin organización y estructura para comprarlos.

Los hechos y las palabras

En comunicación hay una regla de oro: los hechos gritan, las palabras hablan bajo. Y en esta crisis se ha vuelto a demostrar que no se puede luchar con palabras contra hechos incontestables. La OMS emitió más de cuarenta avisos y advertencias antes de que se decretara en España el estado de alarma. Presidentes autonómicos (Madrid, Castilla la Mancha) presionaron durante días al gobierno antes que el ejecutivo tomara decisiones relevantes para hacer frente a la pandemia. La tarde del consejo de ministros extraordinario en el que se decretó la alarma fue una angustiosa espera en la que los hechos demostraron la división del gobierno antes de que las palabras del presidente fueran incapaces de desmentir su fractura.

La gestión de la comunicación no ha sido buena, sino deficiente y en algunos momentos alarmante. En las crisis los mensajes tienen que ser claros y breves. Las largas homilías de Sánchez  en sus comparecencias son un ejemplo de lo que no se debe hacer. Un líder en una crisis debe ser radical en las certezas. Debe decir lo imprescindible y nada más. Y debe demostrar empatía profunda con los ciudadanos. No se tiene que enredar en datos sobre el consumo de queroseno ni felicitarse por el cambio de hábitos de los niños, que a partir de ahora se lavarán más las manos. Extender una cortina de verborrea conduce al ridículo.

La autocrítica imprescindible

En su estrategia de comunicación, el gobierno nunca ha manifestado una autocrítica por los errores cometidos. Las crisis exigen repudiar, reparar y reformar. Y esas tres erres se deben practicar de forma simultánea a la gestión de la crisis. Repudiar los efectos de la pandemia, por supuesto, pero reparar aquello que se ha hecho mal es fundamental. Porque da credibilidad a los gestores, y lo contrario, empecinarse en el error, genera más alarma. Y luego reformar, para que no vuelva a ocurrir.

Entiendo que una de las razones por las que no se han admitido errores (y el de mantener la manifestación del 8M es uno de los más graves) se hace para evitar las consecuencia jurídicas en procesos que están en marcha a partir de denuncias contra el gobierno y sus delegados. Pero la alarma que crea un ejecutivo empecinado en sostener el error con furia es un mal mayor que el que se pretende evitar. Fíjense en el cambio, en el giro en la fórmula de las ruedas de prensa con mayordomo. La crítica se disolvió y todos celebramos que se haya cambiado el tercio y el formato sea más abierto y participativo.

Dulcificar la realidad

Frente a un presente trágico, la comunicación del gobierno se ha empeñado en dulcificar una realidad que no admite ni un gramo de azúcar, en lugar de asumir con toda la crudeza unos hechos que no se pueden camuflar. Ofrecer a diario tan soloun recital de aplausos y caridad es hablar de un planeta lejano. Evitar  el reconocimiento de que la cifra de muertos por COVID multiplicará las cifras oficiales, contamina el resto del discurso oficial.

Los hechos, Sánchez, son los hechos, los que comunican. No se puede reclamar en el parlamento que cese la gresca política en tiempos de pandemia mientras el vicepresidente del gobierno, el señor Iglesias, ensaya la proclamación de la tercera república, avisa de que quiere utilizar la constitución para confiscar y expropiar la riqueza privada, y descuida sus tareas como gestor. Nos dijeron que el gobierno, cuando nació, iba a hablar con una sola voz. Mientras no se frenen esos disparates, tenemos el derecho, incluso el deber, de pensar que la voz de Iglesias es la  única voz del gobierno. Alarma sobre la alarma.

He empezado por hablar del contagio chino de la comunicación. En el inicio del segundo mes de confinamiento, tenemos la certeza de que hay una cosa que el gobierno español ha aprendido del gobierno chino: el control de las comunicaciones, de las comunicaciones públicas y de las privadas, la difusión de cuentos increíbles y de cuentas imposibles, y la gestión de la información con tics totalitarios que nos hacen temer que además de la salud estamos perdiendo la libertad.

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