Lo que aprendo en el Programa Mujer y Liderazgo

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mujer y liderazgo

Desde hace unos años frecuento el Programa Mujer y Liderazgo de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid. Se trata de un plan de formación para mujeres profesionales, algunas directivas, que dedican viernes y sábados a ampliar su curriculum de competencias, a actualizarse, a ampliar las herramientas y el conocimiento con el que enfrentarse al reto diario de ser mejores en capacidad, en eficacia. Cada año, y he olvidado cuántos llevo, aprendo algo nuevo. Mi clase gira en torno a la comunicación. Sin buena comunicación no hay liderazgo posible: el liderazgo se ejerce a través de la comunicación, por los caminos de la persuasión. La sesión va decantando los principios de la teoría a partir de algunos ejemplos. Es la experiencia lo que nos demuestra cómo funcionan las cosas en la retórica y en la oratoria. Así que hay un par de sábados al año que me presento en clase con unos cuantos vídeos, fragmentos sacados del cine (una gran escuela retórica), de la televisión (un campo de entrenamiento muy exigente), o del teatro (la madre de todas las persuasiones) Pero les aseguro que al cabo de las cinco horas que dura la sesión, el que más aprende es el profesor.

Al comienzo de la sesión advierto a mis alumnas de que todo lo que vamos a ver durante las cuatro primeras horas les permitirá aplicar algunas técnicas a la comunicación que ellas tendrán que hacer al final de la clase. Cada una de ellas tendrá diez minutos como máximo para organizar y ejecutar un discurso con una determinada finalidad, con un propósito. El que cada una de ellas elija como propio. Esto ya las pone en alerta donde toda la sesión. Para enseñarnos, convocamos a Winston Churchill (¿quién mejor?), a Steve Jobs, a Bill Gates, a John Turturro, a Will Smith, a Odin Dupeyron, a Malala, a Al Gore, a Martin Luther King, y a otros muchos. Grandes maestros, a cuyos hombros nos subimos para ver mejor, hablar mejor, y llegar más cerca al corazón de las personas.

Ellos nos ayudan a poner pasión en lo que decimos, a organizar bien un discurso, a ser honestos y consistentes, a utilizar el humor, a manejar el sentimiento y la discrepancia, a eludir el llamado «elefante en la habitación«, a escuchar con empatía. De Odin Dupeyron aprendemos que el gesto potencia nuestra comunicación, le da fuerza y convicción, que las manos son el portavoz del cuerpo y que un orador, empeñado en la tarea de la convicción y la persuasión, se debe entregar al acto de comunicar con generosidad. Repasamos el discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford, una pieza retórica brillante, muy bien organizada: un inicio que engancha, un desarrollo que convence, y un final que emociona. Pero ejecutada quizá con la frialdad de carácter que era propia del fundador de Apple y Pixar.

Y al final llega el momento más esperado de la mañana, cuando las alumnas, mujeres que ya han desarrollado buena parte de su carrera en el mundo de la empresa o de las Fuerzas Armadas (hemos tenido alguna alta oficial de la Guardia Civil) salen al centro del aula para sus diez minutos de discurso. Y cada año, en cada edición, se repite la primera gran lección: todos tenemos una gran verdad que comunicar, todos nos hemos encontrado alguna vez ante la certeza que ha iluminado nuestra vida. Y basta provocar, crear la oportunidad para que una persona la comparta, para que aflore. En esta ocasión, uno de los discursos que alumbró con intensidad esa hora final fue el de Catalina. Hija de emigrantes, confesó que convive con el sentimiento de tener que aprovechar todas las oportunidades que se le presentan en la vida. A ella le debemos el habernos acercado a la mente de las personas que vinieron a España y sienten que su camino es más difícil, que deben demostrar más que el resto, que se deben ganar en cada minuto el lugar que ocupan. Quizá es lo que les hace crecer más rápido. Catalina nos expreso cómo se vive esa situación. Gracias.

Tambien aprendo en esa hora que la cohesión emocional que desarrolla un grupo de mujeres que comparte curso y que se ven una vez al mes está a años luz de la que se puede generar en un grupo de hombres. Se repite en cada edición hasta formar un clásico. Son varias las mujeres que eligen como tema el hecho cierto de que el grupo ha impulsado su motivación, ha potenciado su confianza. El intercambio de experiencias les ha permitido sentir orgullo de sus propios logros y les ha animado a conseguir otros muchos más. En la primera edición pensé si tenía sentido hacer un programa de liderazgo orientado solo a mujeres. Enseguida comprendí que sí lo tenía. También me di cuenta de que en la comunicación las mujeres tienen más en cuenta e implican más las herramientas emocionales, y por eso su oratoria resulta siempre más humana y equilibrada. Estas son las cosas que aprendí y que quiero compartir, para que no se queden tan solo en el recuerdo de una mañana de sábado.

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