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Una vez formalizada la abdicación, era cuestión de tiempo que los focos se pusieran sobre la fortuna y las aventuras del rey emérito. Ya antes de su renuncia al trono, The New York Times había echado cuentas: su patrimonio privado sumaba unos 1.800 millones de dólares. Imposible llegar a tanto con el magro presupuesto de la Casa Real. La contribución saudí a su fortuna hacía tiempo que había dejado de ser un secreto. Los Saud habían puesto cien millones después del golpe del 23 F para ayudar a sostener a “su hermano” Juan Carlos. Pasado el plazo del préstamo, el rey tuvo que devolver el dinero, y recurrió con urgencia a personas de indudable (mala) reputación. A tenor de la suma que atesora en Suiza, o en Panamá, los negocios reales dieron buenos beneficios.

La vida cara de Juan Carlos

Dieron para pagar algunas alegrías y para sostener la vida cara de Corinna, que tiene entre sus apellidos el del filósofo Wittgenstein, aunque nuestro emérito no se acercara a ella por su dominio del pensamiento analítico. Las donaciones a Corinna ya figuran en la antología del sablazo. Que luego se quisiera recuperar ese dinero inclina el asunto hacia el sainete ridículo, argumento de novela a medida de Álvaro de la Iglesia. La reputación de Juan Carlos, ya muy dañada durante sus últimos años como jefe del estado, entra ahora en la calificación de siniestro irreparable.

La feria de la hipocresía

Los hechos se miden siempre en su contexto. Al borde de una crisis social trágica, sumidos en una permanente crisis política, la exhibición de los negocios del emérito forma un espectáculo del que muchos aspiran a sacar golosos beneficios. Contemplen el número de prebostes que han salido a pedir transparencia y honradez. Los más excitados son quienes tienen más asuntos que tapar. La primera que ha levantado la voz en el patio ha sido Susana Díaz, que participó en la administración más corrupta de la historia democrática.

Los de Podemos reiteran cada día el perfil criminal del emérito, para esconder el estiércol de sus cuadras. Y José Bono reclama que Juan Carlos devuelva el dinero que ganó en sus negocios cuando era jefe del estado. ¡José Bono!, que como todos sabemos vive en la más absoluta austeridad y que apenas engordó su patrimonio con unos cuantos pisos de lujo y algunas haciendas mientras ocupaba cargos de gobierno. Las acusaciones contra Juan Carlos se pueden convertir en un certificado de inocencia y honradez para todos los demás. Los primeros en tirarle piedras son quienes más explicaciones tienen que ofrecer.

El pragmatismo sanchista

La crisis de reputación de la monarquía es también una excelente ocasión para derribar la obra de la transición y cumplir los deseos de la izquierda de una buena ruptura. Al fin y al cabo, la izquierda piensa que aquel tránsito fue una segunda rendición que se debe reescribir. Los comunistas de ahora acarician la tercera república. Van a por Felipe VI, aunque no será una batalla en campo abierto hasta que terminen de triturar a Juan Carlos y de sacarle a la causa todo el jugo político. El socialismo sanchista se despliega a dos bandas, juega a rey y juega a república, y espera a que la situación se decante para optar por una u otra carta. La tentación de ofrecer al pueblo un chivo expiatorio va a ser muy grande, y en su pragmático cinismo, Sánchez elegirá siempre lo que le permita perseverar en el poder. Y en la derecha, reina una parálisis perpleja, como siempre que las batallas se desarrollan en el escenario de la opinión pública.

Un giro radical

¿Y Zarzuela? Saben que la monarquía o es ejemplar o no tiene sentido, y ahora tienen que administrar un mal ejemplo, trazar un cortafuegos, ya instalado con la renuncia a cualquier atisbo de beneficio de la fortuna del padre y un alejamiento extremo de sus negocios. ¿Bastará? Pienso que no. Los enemigos de la nación son muchos, y están aliados con quienes aspiran a un cambio de régimen. La campaña contra Juan Carlos no va a tener tregua ni descanso. Zarzuela da la impresión de que va a remolque de los hechos, aunque a veces haya sido quien ha tomado la iniciativa.

Como en todas las crisis graves, es imprescindible recuperar el mando  y el control de la situación. Y eso solo se consigue tomando yendo por delante de los acontecimientos. Y en este caso, con transparencia y una estrategia valiente para romper el tablero de un juego que ha sido diseñado por otros, gracias a los errores de Juan Carlos. El rey emérito nunca demostró tener esa agilidad para cortar el desarrollo de unos riesgos que pasaron a ser amenazas. Nunca tuvo el reflejo de obligar a su yerno a devolver los dineros ganados con negocios dudosos antes de que el sumario llevara su situación al examen de la justicia. Quizá porque su yerno tan solo seguía el ejemplo de lo visto en casa. Juan Carlos tiene ahora la oportunidad de hacerlo. Con tres medidas radicales: un retiro a Yuste, un cambio de vida radical, y  el empleo de su fortuna completa en bienes sociales para los españoles.

El titular de este artículo se ha puesto en presente de indicativo. No se trata de una realidad noticiosa. Tan solo busca el efecto de comprobar el resultado que tendría para la reputación del emérito y de paso para la institución monárquica un golpe de efecto tan radical como el que se propone.

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