Los directivos hablan demasiado… y escuchan poco: cómo revertir el error

Los líderes que hablan sin parar pierden autoridad y desconectan a sus equipos. Escuchar es el verdadero acto de poder. En este artículo explicamos cómo revertir el error, con ejemplos de empresas y las lecciones de Alfredo Urdaci en su Manual urgente de comunicación.

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escucha activa en liderazgo

En el mundo empresarial, el ruido es constante. Presentaciones, reuniones interminables, informes recitados en voz alta, discursos de pasillo, mensajes corporativos redactados como homilías. Los directivos hablan. Hablan demasiado. Y en ese exceso de palabras se esconde una de las debilidades más graves de la dirección empresarial moderna: la incapacidad de escuchar. El verbo que debería ser la herramienta más estratégica de un líder no es hablar, sino escuchar. Pero para eso hace falta un cambio profundo en la mentalidad de quienes creen que la autoridad se ejerce ocupando todo el espacio sonoro.

El liderazgo no consiste en multiplicar discursos ni en saturar de consignas a un equipo. Consiste en crear las condiciones para que las palabras de los demás tengan sentido, peso y utilidad. Lo advirtió Peter Drucker, uno de los grandes pensadores de la gestión: “Lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice”. Y, sin embargo, la cultura directiva actual parece empeñada en hacer lo contrario. Los ejecutivos llenan los silencios con frases huecas, ocultan la incertidumbre detrás de toneladas de informes, confunden la autoridad con el monólogo. El resultado es un paisaje en el que los empleados asienten, callan y se desconectan. Nadie innova, nadie arriesga, nadie cree que sus palabras sean tomadas en serio.

La historia reciente de las empresas está llena de ejemplos que demuestran el precio de no escuchar. Boeing ignoró las advertencias de sus propios ingenieros cuando se diseñaba el 737 MAX. Las voces que alertaban sobre problemas técnicos fueron desoídas, y el resultado fueron dos tragedias aéreas que costaron la vida a centenares de personas y que hundieron la reputación de la compañía. En España, el Banco Popular se convirtió en un caso de manual de incomunicación interna: mientras la dirección emitía mensajes de confianza hacia fuera, hacia dentro reinaba el desconcierto. Nadie escuchaba a la plantilla, nadie prestaba atención a los mercados, y la entidad acabó colapsando.

Frente a estos fracasos hay ejemplos luminosos. Satya Nadella, cuando asumió la dirección de Microsoft, entendió que lo primero no era hablar más, sino escuchar mejor. Cambió la cultura corporativa con un lema sencillo: pasar de la “cultura del sabelotodo” a la “cultura del aprendiz”. Escuchar a los equipos, interesarse por sus propuestas, mostrar curiosidad en lugar de arrogancia. Ese giro, aparentemente pequeño, revitalizó a una compañía que muchos consideraban dormida.

El error más común de un directivo es confundir liderazgo con monólogo. La escena se repite: un comité de dirección en el que el CEO despliega gráficos, habla sin descanso, corta intervenciones, y convierte la reunión en un soliloquio. El equipo aprende pronto la lección: hablar no sirve de nada, el guion ya está escrito. El directivo sale convencido de haber ejercido autoridad, cuando en realidad solo ha mostrado inseguridad y miedo a que otras voces desplacen la suya.

El poder de callar y preguntar está infravalorado. Un silencio bien colocado en una reunión tiene más impacto que un PowerPoint con cien diapositivas. Una pregunta sincera abre posibilidades que un discurso cerrado jamás permitiría. Alfredo Urdaci lo señala en su Manual urgente de comunicación: “Un buen comunicador sabe que la mitad del discurso se construye con silencio y escucha. El directivo que no escucha se condena a repetir sus errores en bucle”. La frase resume con claridad el gran defecto de quienes hablan demasiado: no solo no escuchan, sino que están condenados a tropezar siempre en la misma piedra.

El valor de escuchar se vuelve aún más evidente en una crisis. Cuando el fuego reputacional estalla, el primer instinto de muchos directivos es hablar, llenar el espacio con comunicados, insistir en sus argumentos, negar la realidad. Hablan demasiado y escuchan poco. United Airlines lo aprendió por las malas en 2017, cuando la expulsión violenta de un pasajero de uno de sus vuelos se convirtió en escándalo mundial. La compañía emitió comunicados fríos, redactados en clave jurídica, incapaces de escuchar el clamor social. En lugar de apagar el incendio, lo avivaron. Lo contrario hizo Johnson & Johnson en el famoso caso Tylenol de los años 80. Escucharon a la opinión pública, atendieron las voces de alarma, reaccionaron con transparencia. Esa escucha salvó a la marca y se convirtió en ejemplo de manual de gestión de crisis.

Escuchar no es un acto pasivo. Es una técnica que se entrena. Un directivo que escucha de verdad toma notas, repite con sus propias palabras lo que otro ha dicho para confirmar que lo ha entendido, deja pausas que invitan a hablar, reconoce públicamente las aportaciones de su equipo. Es un cambio cultural: pasar de la cultura del parlamento continuo a la cultura del diálogo. Y es también un cambio personal: aprender a dominar el ego para aceptar que el otro puede tener razón.

Los beneficios son enormes. Un equipo que siente que sus palabras cuentan trabaja con más compromiso, innova más, se arriesga más. Harvard Business Review lo cuantificó: las empresas con líderes que practican la escucha activa logran un 25% más de engagement entre sus empleados. Ese número, frío sobre el papel, significa en la práctica menos rotación, más talento retenido, mayor productividad. Significa, sobre todo, confianza.

El directivo español, en particular, tiene que hacer un esfuerzo adicional. En demasiadas compañías la cultura jerárquica todavía se traduce en largas parrafadas de los jefes y silencios sumisos de los empleados. Hay que romper ese molde. La autoridad no está en hablar más alto, sino en saber cuándo callar. No está en recitar un discurso, sino en demostrar que lo que otros dicen importa. Un CEO que llega a la reunión con la humildad de un aprendiz transmite más poder que otro que monopoliza el tiempo con su voz.

Conviene recordar que la comunicación no es un lujo estético, es una herramienta de poder. El que habla controla la agenda, pero el que escucha controla la realidad. Porque solo el que escucha de verdad puede tomar decisiones que se ajusten a lo que ocurre en la empresa y en el mercado. El que no escucha queda aislado en su propio eco, rodeado de aduladores que repiten lo que quiere oír.

En Ludiana repetimos a menudo que escuchar no es ceder terreno. Al contrario, escuchar es un acto de autoridad. Es el directivo el que marca el marco de la conversación, el que decide dar espacio, el que extrae información valiosa de las voces de su equipo. Callar es liderar. Y preguntar es gobernar.

No hay nada más peligroso que un líder convencido de que su palabra basta para mantener unido a un equipo. El peor error de comunicación no es decir una frase equivocada, sino no haber escuchado la frase que podía evitar el desastre. La oratoria no consiste en hablar más, sino en hablar lo justo y escuchar lo necesario. La verdadera fuerza de la palabra está en la huella que deja en quien escucha. Y, como advierte Urdaci en su Manual urgente de comunicación, “el poder de la comunicación no está en la voz del que habla, sino en la huella que deja en quien escucha”. Esa es la lección que los directivos deben aprender si no quieren seguir condenados al ruido estéril de sus propios discursos.


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