+34 916 225 084 info@ludiana.com

Un buen discurso está compuesto por una idea, una buena historia, un vocabulario adecuado, y un lenguaje coporal consistente y coherente. Sí, es así de sencillo. No le de más vueltas. No se ponga estupendo, no quiera contarlo todo, y procure que su corazón hable sin muchos filtros. Conseguirá conectar con su público. Nunca se ponga por encima de ellos. Sitúese a su altura, y demuestre que los atriles son solo una herramienta para sostener un papel, en el caso de que lo necesite. Hoy vamos a señalar dos intervenciones. Decía Ortega que las cosas hay que definirlas por su esencia, y nunca por sus defectos. Una buena obra de teatro nos dice más sobre el teatro que una mala. Un buen discurso es más ejemplo de buena oratoria que uno malo. Así que vamos a dejar de lado los ejemplos de lo que es una mala oratoria, que son más que los buenos, para fijarnos en dos que nos ayudan en nuestra intención de ofrecer discursos ejemplares. No hace falta rememorar a Lincoln y volver al famoso discurso de Gettysburg. Aquí tenemos a Margarita Robles y al alcalde de Madrid.

Una idea central para un buen discurso

Un buen discurso tiene una sola idea central. Vamos a llamarle la piedra clave de su intervención. Es esa idea primera sobre la que gira todo lo demás. Es esa idea que si falta, si extraemos esa piedra, la pared se cae. Si su discurso la tiene, tenemos lo fundamental para organizar un buen discurso. No lo quiera contar todo. En los dos casos que vamos a ver, tanto Robles como Martínez Almeida podían haber contado muchas cosas. Habrían sido ineficaces. La capacidad de contectar con el público es inversamente proporcional a la cantidad de cosas que queremos decir. Por tanto, el buen discurso es aquel que ha renunciado a lo accesorio en beneficio de lo nuclear. ¿Se aventuran a decirnos cuál es la idea central de cada uno de ellos?

Una historia

Una buena historia suele ser una gran ayuda para organizar una pieza de oratoria. Un buen discurso suele incluir un «érase una vez». Las historias están llenas de códigos universales. Son además formas narrativas con las que la humanidad ha transmitido conocimiento desde las cavernas. Una historia contiene elementos de razón envueltos en un ropaje de emociones. Y eso hace que no solo se recuerden mejor sino que tengan una gran capacidad para mover la razón y los sentimientos del auditorio

Palabras sencillas

Si queremos hacer un buen discurso debemos elegir muy bien las palabras. Palabras sencillas y claras. Dos discursos como los que acompañan a este artículo están pronunciados con términos que entiende todo el mundo. Ninguno de los dos oradores han buscado el adorno, la retórica hueca, la emoción impostada. Hablan de una forma sencilla, con un tono de humildad. Han construido su intervención con frases simples. Recuerde cuando escriba un discurso: debe escribir para pronunciar las palabras, no para leerlas. Haga frases cortas. Le permitirá interpretarlas mejor. Le permitirá decirlas mirando a los ojos de las personas, no al papel. Su capacidad de persuasión será mucho más fuerte.

Y un lenguaje de gestos coherente

Y por último, fíjese en los gestos de los dos oradores. Transmiten una gran coherencia con lo que están diciendo. El alcalde está entre sanitarios del Samur, sin atriles, sin papeles, a su altura, sin escenarios que establezcan distancia. En el caso de la ministra, el acto implica solemnidad. Pero ella, con su tono de voz, con su capacidad de empatía, con su mirada, con sus silencios, hace que sea algo emotivo, lleno de corazón, y de afecto. Transmite todo eso con una gran eficacia.

No olvide nunca que el mejor orador es aquel que consigue lo que se propone con la palabra. Ludiana le ofrece en El buen discurso una escuela de oratoria para directivos y profesionales y herramientas profesionales para mejorar la gestión de su comunicación desde un punto de vista estratégico.

Share This